
En Malinalco, lugar de zacate, la hierba se asoma y le rinde honor al sol, al agua, a la tierra y, con su suave reverencia, al viento.
VIDA DE PUEBLO
Cuando uno puede darse el lujo de comer tortillas artesanales —cocidas con leña en comal de barro— e ir al mercado con la canasta y llenarla de la cosecha de un campo pleno de bondades, es que uno vive las cualidades del entorno. Ahí, la línea del tiempo se borra en el tumulto que alberga la escena de un tianguis en que se comparte la recolecta del día.
Hay tamales y gorditas, pulque y aguamiel, queso y huevitos de rancho, flores, hongos y medicinas silvestres, pan… También están los moles, los granos y las semillas, los helados, los elotes y una oferta de lugares pintorescos para satisfacer cualquier paladar.
Aquí uno vive sin prisa, en compañía del murmullo del agua bajo los puentecitos de piedra, las campanas de la iglesia alborotando el espíritu y la montaña que nos refugia de los pensamientos alejados de una apacible vida de pueblo.
Que no falte la trucha que salta del agua al sartén y el mezcalito para convidar el alma.
Los bienes raices nos vinculan al hogar. son sustento, son cuna del fuego y donde late el corazon del clan. son lugar de ensueño, donde nos reunimos con los queridos mirando el horizonte abierto, vasto y profundo… asi es vivir en malinalco.

